El guion era evidente. Cada frase sonaba ensayada, preparada. Mi hija se convirtió en su mensajera, en su defensora.
«Compré esta propiedad para tener soledad», dije, manteniendo un tono de voz firme. «Nadie me pidió mi consentimiento antes de decidir que recibiría invitados. Pero estoy dispuesta a reunirme con Leonard y Grace para hablar de otras opciones».
«¿De verdad?», preguntó con voz llena de esperanza. «¿En serio?».
—Me reuniré con ellos en el pueblo —especificé—. Un punto intermedio. Hablaremos sobre las posibilidades.
Después de colgar, me quedé mirando las nubes moverse sobre las cumbres de las montañas. Ella creía sinceramente que estaba ayudando, facilitando la armonía familiar. Eso lo empeoró todo.
Dos días después, conduje hasta Cody para la reunión programada. Había invertido tanto dinero en ello como en la relación.
Las tardes se me escapaban de las manos, preparándome para la reunión. Investigaba precios de alquiler similares para propiedades rurales en Wyoming, imprimía tres copias de un contrato de alquiler a corto plazo que había redactado y repasaba los fundamentos de la ley inmobiliaria en mi portátil. Esa mañana, practiqué mi presentación usando el espejo retrovisor de la camioneta, probando diferentes frases hasta encontrar el equilibrio perfecto: firme, pero no hostil; claro, pero no frío.
