El Hijo Rico Regresó del Extranjero… y Encontró a Su Madre Encerrada por Quienes Ella Más Ayudó…

 

Ese día pensé que me iba a morir ahí adentro. y que nadie se iba a enterar. Rodrigo apretaba la sábana con los puños, no la interrumpió, no podía, pero luego escuchaba los pasitos de Lupita Despacito, para que no la oyeran y sentía que algo se deslizaba por el agujero de la puerta. Y yo pensaba, si esa niña todavía viene, es que Dios no se ha olvidado de mí. Carmen cerró los ojos. Rodrigo le agarró la mano. Se quedaron así un rato largo, en silencio.

No había nada que decir que estuviera a la altura de lo que ella acababa de contar. La cuarta semana, Carmen se sentó sola en la cama. pidió un espejo. Rodrigo dudó, pero se lo dio. Carmen se miró, se tocó la cara con los dedos, pasó la mano por el pelo blanco, largo, desordenado, se miró los brazos flacos. No lloró, presionó los labios, dejó el espejo boca abajo en la cama y dijo: “Me van a crecer las carnes otra vez.

Eso no me preocupa. Lo que me preocupa es mi hortaliza. ¿Quién la habrá regado? Rodrigo se río. Por primera vez en semanas se ríó porque ahí en esa frase estaba su madre, la de siempre, la que se preocupaba más por sus verduras que por sí misma. La quinta semana, Carmen caminó con ayuda, agarrada del brazo de Rodrigo, arrastrando las chanclas por el pasillo de la clínica. Los enfermeros la aplaudían. Ella les decía: “No me aplaudan, que no estoy en concurso.

Mejor tráiganme un cafecito.” El día que le dieron de alta, Rodrigo la subió a la camioneta con cuidado. Canelo estaba en la caja de atrás, meneando la cola como loco. Carmen lo vio y estiró la mano por la ventana para acariciarlo. ” En el camino, Rodrigo respiró hondo. Sabía lo que iba a decir. Lo había ensayado 100 veces. Mamá, ya pensé en todo. Nos vamos a Estados Unidos. Allá le llevaré buenos doctores, una casa calientita, todo lo que necesite.

No tiene que preocuparse por nada. Yo la cuido. Carmen miraba por la ventana, los cerros pelones, el polvo, los nopales al costado de la carretera, las nubes gordas que prometían lluvia sin cumplir. No volteó a ver a Rodrigo cuando respondió: “Mi hijo, yo de aquí no me voy”. Mamá, por favor, escúchame bien, Rodrigo. Carmen volteó, lo miró con esos ojos que habían sobrevivido 8 meses de oscuridad y que de alguna forma todavía tenían luz. Esta es mi tierra.

Aquí nací. Aquí me caso con tu padre. Aquí te tuve a ti. Aquí enterré a tu padre. Aquí cultivé mis verduras y crié mis gallinas. Aquí me conoce el viento. No me voy a morir en un lugar donde nadie sabe mi nombre. Rodrigo apretó el volante. Se le hizo un nudo en la garganta que no lo dejaba tragar. “Lo único que necesito”, dijo Carmen bajando la voz es que no te vayas otra vez. Rodrigo no respondió de inmediato.

Manejó en silencio unos minutos. El pueblo ya se veía a lo lejos. La carretera de tierra, las casas de adobe, los cerros pelones al fondo, todo igual, todo diferente. No, voy, mamá. Carmen le presionó la mano. No dije gracias. No hacía falta. Canelo ladró una vez desde la caja de la camioneta, como si él también hubiera entendido. Pasaron los meses. La casa de Carmen fue lo primero. Rodrigo la reformó con sus propias manos. Llamado a dos albañiles del pueblo, pero él mismo mezcló el cemento, cargó los bloques, subió al techo.

Las paredes nuevas eran del mismo barro de siempre, porque Carmen no quiso otra cosa. “Mi casa es de tierra como yo”, dijo. Pero el techo era firme. Las ventanas tenían vidrio nuevo y las puertas tenían chapas que se abrían desde adentro. Las ventanas siempre estaban abiertas. Siempre. Carmen no la cerraba ni cuando hacía frío. “El aire tiene que entrar”, decía. Esta casa ya estuvo cerrada demasiado tiempo. Canelo dormía adentro ahora en una cobija vieja junto a la puerta del cuarto de Carmen.

No en la entrada, no afuera, adentro. Carmen le ponía su plato de comida cada mañana como antes, pero ahora le agregaba un pedacito de pollo o de queso. Se lo ganó. Le decía a Rodrigo, ese perro me esperaba más que cualquier cristiano. La hortaliza volvió a crecer. Tomates, chiles, calabazas, cilantro, quelites. Carmen salía cada mañana a mirarla con una regadera vieja que Rodrigo le compró nueva, pero que ella no quiso. Esta todavía jala, no seas gastón. Los sábados volvieron a la feria del pueblo con su mesita de siempre, sus verduras acomodadas en montoncitos y Canelo echado debajo de la mesa espantando moscas con la cola.