No respondió. Murmuró algo y salió de casa como si lo persiguiera un fantasma.
Volvió horas después, pálido, con las manos temblorosas. No habló. No durmió. Y esa misma noche lo encontré en el garaje, arrastrando nuestro colchón hacia la camioneta.
—¿Qué haces? —susurré.
—Tiene que irse. Debí hacerlo hace años —dijo con una voz hueca.
La mirada que me lanzó me heló la sangre: era miedo… y culpa.
La desaparición
Al amanecer, Julián había desaparecido.
Solo dejó una nota sobre la mesa: “Tuve que viajar por trabajo. No te preocupes.”
Pero todo en ella gritaba pánico.
Julián era meticuloso. Planeaba las vacaciones con meses de anticipación, organizaba los recibos por colores, hasta el refrigerador lo ordenaba por fechas. No era el tipo de hombre que huye en mitad de la noche.
Al tercer día, comprendí que no podía quedarme esperando. Algo terrible estaba ocurriendo.
La búsqueda
Llamé al servicio de residuos fingiendo que había tirado algo valioso por error.
Un empleado amable me dio la dirección del vertedero donde se había depositado la basura de nuestra zona.
