Le marqué a Gerardo. No al número por el que Adriana siempre me contestaba “de su parte”. Al de él. El que me sé de memoria desde que éramos chicos.
Sonó una vez. Sonó dos.
—¿Bueno? —su voz no era la de la puerta de mi casa. Esa había sido dura. Esta sonaba rota, cansada, de quien no durmió.
Le dije todo. Despacio. La cerradura. La hora. Que Emiliano nunca estuvo con la abuela. Que caminó tres kilómetros en la madrugada.
Del otro lado hubo un silencio. Largo. Lo dejé. No quería que se acabara, porque ya sabía lo que venía después.
—Me dijo que lo había llevado con mi mamá —dijo por fin—. Me mandó la foto. El niño dormido. Yo… yo la vi en la cena y dije “qué bueno que está con su abue”.
Se le quebró la voz en “abue”.
—Chela —me dijo. Hacía años que no me decía Chela. Desde chicos—. Chela, ¿mi hijo caminó solo? ¿En la noche? ¿Con frío?
No pude contestarle. Le dije que sí con un sonido, no con palabras.
Y los dos entendimos, al mismo tiempo, por el teléfono, que llevábamos un año peleados por culpa de una mujer que nos había contado dos historias distintas. A mí me dijo que el niño era mentiroso. A él, que yo era una metiche que quería separarlos.
Gerardo ya no dijo nada. Nada más su respiración. Y luego, bajito:
—Voy para allá.
Gerardo llegó al hospital dos horas después, sin rasurar. No me reclamó nada. Entró al cuarto despacio, como quien tiene miedo de romper algo. Emiliano se tensó. Gerardo se quedó en la puerta y solo le dijo:
—Perdóname por no haber estado, campeón. Ya estoy aquí. Y no me vuelvo a ir.
El niño no contestó. Pero no le quitó los ojos de encima.
Diana no era barata. Para pagarle el anticipo vendí mi carro y vendí la guitarra de mi papá. Esa me dolió; era lo único de él que me quedaba. Pero una guitarra no le quita el frío a un niño.
Esa noche, por primera vez, no estuve sola. Gerardo se durmió en una silla agarrándole un pie a su hijo por encima de la cobija, para que supiera que ahí seguía.
Por un momento creí que ya íbamos ganando.
Hasta que Diana me marcó a las once de la noche. Ya no sonaba tranquila.
—Graciela, Adriana ya metió abogado. Y me puse a investigarla por mi cuenta. Esa mujer no se casó con su hermano por amor. Hay un dinero. Un dinero que es de Emiliano, y que el niño ni sabe que tiene. Dígame una cosa:
Parte 3.
—¿Usted sabe lo que le dejó la mamá de Emiliano cuando murió?
La mamá del niño murió de cáncer cuando él tenía seis años. Eso sí lo sabía. Lo que no sabía es que dejó un seguro y una casa en un fideicomiso a nombre de Emiliano, para cuando cumpliera dieciocho.
Adriana sí lo sabía. Llegó a la vida de mi hermano ocho meses después del entierro. Se casaron rápido. Y desde entonces se había hecho “administradora” de los gastos del niño. Sacaba dinero cada mes. Para la escuela, decía. Para la ropa, decía.
Y el niño con los tenis rotos. Y el plato vacío en las fotos.
El plan no era nomás quedarse con el dinero. Adriana quería que Emiliano se volviera un niño “problema”, retraído, para que un día un juez dijera que el muchacho no podía con lo suyo, y ella quedara administrando todo. Por eso lo aislaba. Por eso me pintó de loca. Un niño que nadie escucha es un niño fácil de manejar.
La volví a ver tres semanas después, afuera de la Procuraduría de Protección. Yo salía de firmar papeles. Ella entraba con su abogado y sus lentes oscuros.
Se me acercó. Ya no traía la cara de mamá preocupada. Esa se le acabó el día que se le cayó la mentira.
