Emiliano vive ahora entre la casa de su papá y la mía. Va y viene. Tiene una recámara en cada lado y una llave de metal que no suelta.
El domingo pasado lo encontré en mi cocina, parado frente a la estufa, haciéndose hot cakes. Él solo. Sin pedir permiso. Sin esconder nada en la mochila “por si un día no hay”.
Le serví el plato. Lleno. Esta vez de verdad, no para una foto.
Se sentó, se comió todo y me dijo:
—Tía, ¿puedo repetir?
Le dije que sí. Y me metí al baño a llorar tantito, no de tristeza, de otra cosa.
Si en tu familia hay un niño que de repente está más callado, más flaco, más asustado de lo normal, no pienses que es puro drama. Los niños no pasan hambre ni frío por gusto. Escúchalo. Ábrele la puerta. La sangre dice de dónde venimos; quién se queda lo decide otra cosa.
Háblenles ustedes a esos niños. No esperen a que toquen su puerta a las cinco de la mañana.
Esa noche apagué la luz, oí a Emiliano respirar tranquilo en el otro cuarto, y por primera vez en mucho tiempo dormí sin pendiente.
FIN.
