Los vecinos me saludaron con esa mezcla de lástima y curiosidad que reservan para las viudas recientes. Aurora, mi vecina de toda la vida, se me acercó una tarde mientras regaba las plantas del jardín. Antonia, querida, ¿es cierto que Ángela se fue a Europa y te dejó sola? Sí, Aurora se fue con Eduardo.
Tienen planes de negocios allí. ¿Y cómo vas a vivir, querida? Todos sabemos que Roberto no dejó mucho dinero. Si supiera, pensé, no te preocupes, Aurora. Estaré bien. ¿Necesitas algo? Puedo traerte comida, ayudarte con la compra. Eres muy amable, pero estoy bien, de verdad. Aurora me miró con esa expresión que conocía bien.
Era la misma mirada que había recibido después del funeral, una mezcla de pasión y cierto alivio por saber que no era su tragedia. Bueno, ya sabes dónde encontrarme si necesitas algo. Estas conversaciones se repetían constantemente. El carnicero, el panadero, la señora de la tienda de la esquina... todos me hablaban con ese tono amable que usan con los desafortunados.
Y yo asentía, sonreía, agradecía su preocupación, pero por dentro, una parte de mí disfrutaba de esta actuación. Era como vivir una doble vida. Jorge me llamó un miércoles por la mañana. «Señora Antonia, tengo buenas noticias. Logré cancelar la venta de la casa de la playa. Los compradores no sabían que la venta era fraudulenta, así que recuperaron su dinero sin problemas.
La casa es suya de nuevo. Excelente, Jorge. Y el edificio donde vive Ángela. Ese es más complicado. Técnicamente, usted siempre ha sido la propietaria a través de la empresa, pero necesitamos hacer algunos cambios administrativos para que tenga el control directo. Debería tardar otras dos semanas. Perfecto, manténgame informada».
