Cuando nos casamos, James insistió encarecidamente en que uniéramos todas nuestras finanzas en cuentas conjuntas “para una total transparencia y convivencia marital”. En aquel momento, su razonamiento me pareció romántico y maduro. Ahora entendía la verdadera motivación.
Su plan era devastadoramente claro. Fingía vivir en el extranjero, en Toronto, durante dos años. Retiraría dinero gradualmente de nuestra cuenta conjunta, alegando que lo necesitaba para cubrir los gastos de la costosa Canadá. Y usaría el dinero de mi herencia para financiar su nueva vida y su nueva familia con Erica, mientras yo permanecía en la Ciudad de México, completamente ajena al engaño que ocurría al otro lado de la ciudad.
Yo financiaría su segunda vida, su otra familia, su hijo con otra mujer, usando el dinero que mis padres fallecidos le habían dejado para asegurar mi futuro.
Confiaba plenamente en él. Porque era mi esposo. Porque lo amaba profundamente. Porque no tenía ninguna razón para dudar de lo que me decía.
Hasta tres días antes de su supuesto vuelo de salida, cuando todo lo que creía se hizo añicos en un instante.
El descubrimiento que lo cambió todo
James llegó a casa temprano una tarde cargando varias cajas grandes, con aspecto enérgico y decidido.
“Me estoy adelantando con los preparativos”, dijo con entusiasmo. “Todo es mucho más caro en Toronto, así que traeré todo lo que pueda de aquí”.
Mientras se duchaba esa noche, entré en el estudio de nuestra casa para buscar unos documentos notariales que necesitaba para una de nuestras transacciones inmobiliarias. Su computadora portátil estaba abierta sobre el escritorio.
No buscaba nada sospechoso. No tenía motivos para curiosear ni investigar. Pero lo que apareció en esa pantalla cambió por completo el curso de mi vida.
