Mi hija de cinco años se arrodilló en el suelo de la casa nueva de mi hermana, apoyó la oreja y empezó a llorar desconsolada. “Mamá… mi hermano está llorando”, susurró.

Me acerqué despacio.

—Cariño, aquí no hay nadie —le dije—. Solo somos nosotras.

Emma negó con la cabeza. Tenía la oreja pegada al suelo, justo donde las tablas crujían ligeramente.

—Llora bajito —dijo—. Como cuando no quiere que lo oigan.

Clara soltó una risa nerviosa.

—Será el viento en las tuberías —dijo—. O la calefacción.

Quise creerla. Pero algo no encajaba. El llanto de Emma no era miedo infantil. Era reconocimiento.

Me arrodillé también. Apoyé la mano en el suelo. No escuché nada… al principio. Luego, muy débil, un golpe rítmico. Irregular. No como una tubería. Como… alguien intentando hacer ruido sin fuerzas.

—¿Desde cuándo oyes eso? —pregunté a Clara.

—Desde que compré la casa —respondió—. Pensé que eran ruidos de obra mal hecha.

Me levanté de golpe.

—¿Quién vivía aquí antes?

Clara dudó.

—El antiguo dueño… un hombre solo. Murió hace año y medio. La casa estuvo cerrada meses.

Sentí cómo las piezas empezaban a encajar de una forma horrible.

Fui al trastero, agarré una palanca de hierro y volví al salón. Clara intentó detenerme.

—Estás exagerando —dijo—. Vas a romper el suelo.