Y yo siempre decía que sí.
Las notas de agradecimiento se hicieron cada vez más cortas. Las visitas, más raras. Las llamadas solo llegaban cuando había problemas. Y entonces, unos días después de firmar los papeles de la casa, un hombre al que apenas conocía decidió que no era bienvenida allí.
Y mi hijo… estuvo de acuerdo.
Esa noche, mi cocina parecía muy silenciosa. La carpeta morada del abogado estaba sobre la mesa, llena de documentos que no había leído con atención antes, muy orgullosa, muy feliz y muy convencida de que estaba haciendo algo bueno.
Preparé té. Un buen té. Y leí cada línea con calma.
Periodo de revocación de treinta días.
Sujeto a revisión en caso de cambio significativo.
Posibilidad de recuperación de la propiedad en caso de grave ingratitud.
Algo había cambiado.
A las dos de la mañana, la impresora seguía funcionando: extractos bancarios, cheques, mensajes, registros de cada vez que decía que sí cuando debería haber parado. El total aparecía al pie de la página.
185.000 dólares.
Y eso sin contar la casa.
