Ella invitó a los jóvenes a sentarse. Le temblaban las manos al coger agua, y Daniel le quitó la jarra con delicadeza. Habló con cuidado, como si reabriera una vieja herida.
Hace años, cuando Daniel aún era adolescente, su madre regresó a casa una noche con una niña asustada. Dijo que la había encontrado sola cerca de la carretera. La niña lloraba llamando a su madre y hablaba de una playa, un vestido amarillo y una muñeca perdida.
Daniel admitió que sabía que algo andaba mal. Pero era joven. Su madre le dijo que no hiciera preguntas. Tenía miedo. Miedo de perder a la niña. Miedo de hacer algo incorrecto.
Sofía se quedó.
Fue a la escuela. Se reía. Aprendió a cantar. Por la noche, pidió que le contaran una oración familiar, una que su madre solía decir. Elena la escuchó y se derrumbó, y las lágrimas finalmente brotaron sin control.
—¿Está viva? —preguntó Elena, apenas pudiendo hablar.
Daniel asintió.
“Lo es. Es fuerte.”
Un reencuentro gestado durante años.
Esa misma tarde, Daniel llevó a Elena a la pequeña clínica comunitaria donde trabajaba Sofía.
El viaje se le hizo interminable.
Elena aferraba su rosario, dividida entre la esperanza y el miedo. ¿Y si Sofía no la reconocía? ¿Y si no quería hacerlo?
Dentro de la clínica, una joven con el pelo trenzado levantó la vista del mostrador y le sonrió a Daniel.
