Tenía miedo del motociclista que se detuvo a ayudarla, hasta que vio sus manos.

Maggie desbloqueó la puerta.

No del todo, solo el seguro, como una tregua a medias que podía revocar en un segundo. El hombre no se movió. No se acercó al tirador ni cambió su postura. Solo esperó, con las manos quietas donde podía verlas, como si entendiera que la confianza no se exigía, se ofrecía.

—¿De dónde es? —preguntó ella, sin saber bien por qué esa era la primera pregunta que salía de su boca.

—De Bowling Green —respondió él—. Pero he estado fuera un tiempo.

—¿Fuera?

—Trabajando. Arreglando cosas.

Ella asintió como si eso tuviera sentido, aunque no lo tuviera del todo. Pero había algo en la forma en que lo dijo que no pedía más preguntas.

—Sé cambiar una rueda —dijo ella, con más firmeza de la que sentía—. He cambiado muchas en mi vida.

Él esbozó algo que no llegaba a ser una sonrisa, pero que tampoco era desdén. Era reconocimiento.

—Seguro que sí, señora. Pero no en este calor y con el arcén inclinado. Déjeme hacer el trabajo pesado. Usted puede dirigir.

Era una oferta medida. No la trataba como frágil, pero tampoco ignoraba la realidad de su edad. Maggie salió del coche, y el aire la golpeó como una pared de ladrillos calientes.

—Me llamo Maggie —dijo, aunque no sabía por qué se lo decía.

—Jesse —respondió él, y extendió la mano.

Ella la miró un momento antes de estrecharla. Las cicatrices que había visto a través del cristal eran aún más evidentes de cerca: quemaduras viejas, cortes, nudillos engrosados por décadas de trabajo. Pero el apretón fue suave, medido, y se soltó antes de que ella se sintiera atrapada.

Jesse se arrodilló junto a la rueda trasera izquierda sin quejarse, aunque sus rodillas crujieron al hacerlo. Maggie observó cómo inspeccionaba el neumático, cómo pasaba los dedos por la banda de rodadura como si pudiera leer en ella algo que ella no veía.

—Esto no fue un clavo —dijo, casi para sí mismo—. Esto fue un desgarro. Algo afilado, quizá un trozo de metal en la carretera.

—¿Se puede arreglar?

—Puedo ponerle la de repuesto —dijo Jesse, levantándose y yendo a su moto—. Pero no debería conducir mucho con ella. Es una rueda pequeña, de emergencia. Llegará a Nashville, pero no mucho más.

Maggie se apoyó en el lateral del coche, observándolo mientras desataba la alforja y sacaba un gato hidráulico y una llave de cruz. No era un equipo nuevo, pero estaba bien cuidado, como todo lo que llevaba encima.

—¿Cuánto tiempo lleva en la carretera? —preguntó ella.

—Suficiente —respondió sin mirarla—. Bastante.

—Va a algún sitio en concreto?

Jesse se detuvo un momento. No la miró, pero su mano se quedó quieta sobre el gato.

—Volviendo a casa —dijo al fin—. Después de mucho tiempo.

La forma en que lo dijo no invitaba a más preguntas. Maggie lo entendió.

Mientras él trabajaba, ella se fijó en más detalles. La forma en que colocaba las herramientas en una fila antes de usarlas. Cómo comprobaba dos veces la estabilidad del gato antes de empezar a levantar el coche. Cómo hablaba con las piezas metálicas como si fueran viejas conocidas.

—¿Siempre ha sido mecánico? —preguntó ella.