Más tarde regresamos a la propiedad de Roberto.
Dentro de un armario cerrado encontraron cajas llenas de recortes de periódicos.
Todas las noticias relacionadas con la desaparición de Sebastián.
Todas las entrevistas.
Todas mis súplicas públicas.
Roberto había seguido mi vida durante dos décadas.
Dentro de una de las cajas apareció una nota.
Decía:
«Encontré a un niño llorando detrás de una estación de servicio. Dijo llamarse Sebastián. Dijo que su mamá se llamaba Isabel. Tenía problemas legales y me asusté. Pensé que llamaría a la policía al día siguiente. Pero el día siguiente llegó demasiado tarde.»
Eso era todo.
No hubo secuestro planeado.
No hubo una organización criminal.
No hubo una conspiración.
Solo un hombre cobarde que tomó una mala decisión.
Y siguió tomando la misma decisión durante veinte años.
Lo que el tiempo no puede devolver
