El tipo de lugar que la fortuna de Daniel Whitmore había ignorado durante toda su vida.
Y sin embargo… esa era la dirección.
Bajó del camión con un pequeño ramo de flores silvestres que había comprado en un puesto al borde de la carretera.
Inmediatamente se sintió ridículo.
¿Flores?
¿Después de nueve años?
Una ráfaga de viento arrancó un pétalo y lo arrastró por el patio polvoriento.
Daniel tragó saliva con dificultad y llamó a la puerta.
—¿Emily? —llamó.
Su voz sonaba desconocida, casi frágil.
La puerta se abrió lentamente con un crujido.
Y allí estaba ella.
Emily… y, sin embargo, no es la Emily que yo recordaba.
Su cabello, antes rubio, ahora estaba salpicado de canas y recogido en un sencillo moño. Sus manos se veían ásperas, marcadas por años de duro trabajo.
Pero lo que más le impactó fueron sus ojos.
Seguían siendo del mismo azul suave.
Pero el calor había desaparecido.
En cambio, reinaba una calma que resultaba más fría que la propia ira.
—¿Qué haces aquí, Daniel? —preguntó sin abrir la puerta del todo.
Sintió que las palabras se le atascaban en la garganta.
Nueve años de excusas… y de repente ninguna importaba.
—Necesitaba verte —dijo en voz baja—. Necesitamos hablar.
Emily se cruzó de brazos.
“¿Después de todo lo que hiciste?”
“¿Después de nueve años?”
Daniel recogió las flores con torpeza.
“No vine aquí a pelear”, dijo. “Vine aquí porque… lo estoy perdiendo todo”.EL RESTO 👇
