Una niña vendió su única bicicleta para comprar comida para su madre, pero cuando un jefe de la mafia descubrió quién había arruinado sus vidas, todo cambió.

“Siete que yo sepa. Quizás más.”

Siete familias. Siete hogares destruidos.

Rocco se puso de pie, calculando ya lo que tenía que suceder a continuación.

Primero, hizo una llamada telefónica.

“Tony, trae víveres a la dirección que te voy a enviar. Comida suficiente para una semana. Y trae dinero en efectivo. 500 dólares.”

Hizo una pausa, mirando a Emma y a Sarah.

“Que sean 1.000 dólares. Y tráelos ahora mismo.”

Colgó el teléfono y volvió a mirar a Sarah.

“La comida llegará en una hora. La electricidad se restablecerá mañana por la mañana. Alguien arreglará su puerta.”

Sarah lo miró fijamente.

“No lo entiendo. ¿Por qué nos ayudas?”

Rocco miró a Emma.

“Porque alguien usó mi nombre para perjudicar a tu familia.”

Su voz se endureció ligeramente.

“Y eso lo convierte en algo personal.”

Lo que no dijo fue que Vincent Caruso acababa de firmar su propia sentencia de muerte.

Pero primero, Rocco necesitaba comprender la magnitud de la traición.

Porque en el mundo de Rocco había reglas.

Y la regla más importante era simple.

Nunca se ataca a familias inocentes.

Nunca se debe robar comida a los niños.

Nunca se debe dejar a las madres sin opciones, teniendo que elegir entre medicamentos y comida.

Vincent había roto esa regla.

Y ahora estaba a punto de descubrir por qué Rocco Moretti se había ganado su reputación como el hombre más temido de la ciudad.

Parte 2

Cuando Rocco salió de la casa de Sarah y Emma esa noche, su teléfono vibró con un mensaje de Tony que confirmaba que la compra había sido entregada.

Pero la mente de Rocco ya iba varios pasos por delante.

Hombres como Vincent siempre tenían informantes, siempre había ojos vigilando. Por la mañana sabría que Rocco Moretti había visitado personalmente a una de sus víctimas.

Rocco conducía por calles empapadas por la lluvia, con los nudillos blancos de tanto apretar el volante.

Durante 30 años había construido su organización: 30 años de reglas meticulosas y límites claros que sus hombres sabían que nunca debían cruzar.

¿Por qué Vincent había roto esas líneas? ¿Por unos miles de dólares robados a familias que apenas tenían lo suficiente para sobrevivir?

Sonó su teléfono.

El nombre que apareció en la pantalla hizo que su presión arterial subiera aún más.

Vicente Caruso.