PARTE 2: El saludo del general Salazar dejó al patio entero sin aire.
Mariana se quedó blanca. Rosa se llevó una mano al pecho.
Arturo, que hacía segundos hablaba de protocolos, dio un paso atrás como si el piso se le hubiera movido.
Yo no devolví el saludo de inmediato.
Mi cuerpo regresó a otro lugar: humo, lodo, gritos bajo la lluvia y un helicóptero que no alcanzaba para todos.
Levanté la mano despacio.
“Mi general”, respondí.
El murmullo creció como incendio. ¿Por qué un general saludaba a un trailero? ¿Por qué lo llamaba sargento?
Salazar bajó la mano, pero siguió mirando mi pulsera.
“¿De dónde sacó la banda de rescate del sargento Iván Cárdenas?”
El nombre me atravesó.
Iván Cárdenas.
Veintiséis años sin escucharlo en voz alta, y bastó eso para sentir de nuevo el peso de su cuerpo sobre mis hombros.
“No la saqué de ningún lado”, dije. “Él me la entregó.”
El general cerró los ojos un segundo.
