Durante un año, el multimillonario llevó flores a la tumba de su hijo… hasta que una niña en el panteón señaló la lápida y susurró: “Él no está ahí.”
Al amanecer, Alejandro ya tenía una estrategia. No llamaría a Clara. No enfrentaría a Raúl todavía. Primero necesitaba documentos: acta de defunción, registros médicos, funeraria, pagos, casa hogar, firmas.
Julián fue directo. —Esto no es un pleito familiar. Esto es secuestro, fraude, falsificación y manipulación patrimonial. ¿Quién ganaba si Mateo “moría”?
Alejandro no contestó de inmediato. Pero ambos sabían la respuesta.
Años antes, Alejandro había creado un fideicomiso. Si él moría, Mateo heredaría el control del Grupo Montes cuando fuera mayor. Si Mateo moría antes, la administración temporal pasaría a su pariente adulta más cercana.
Clara. Y Raúl, su esposo, había tenido deudas enormes con inversionistas de Monterrey.
La sangre de Alejandro se enfrió. Al día siguiente, llevó a Mateo a conocer su casa. No lo llamó mansión. Solo dijo: —Quiero mostrarte dónde vivo.
Mateo entró tomado de su mano, mirando los techos altos, los pisos brillantes, los cuadros enormes. —Aquí hace eco —dijo.
—Porque está muy vacía —respondió Alejandro.
La señora Carmen, la ama de llaves, lloró al verlo. —Mi niño…
Mateo se escondió un poco detrás de Alejandro.
Arriba, su habitación seguía igual. La cama en forma de barco, los dinosaurios, los cuentos, el dibujo pegado en la pared donde Mateo había pintado a su papá más alto que un edificio.
El niño tocó la cama. —¿No tiraste mis cosas?
Alejandro negó con la cabeza. —No pude.
Mateo dejó la lancha roja sobre el escritorio. —Puedo dormir aquí algunas veces. Pero también quiero volver con Sofía.
—Vas a volver siempre que quieras —dijo Alejandro—. La gente que te salvó no va a desaparecer de tu vida.
Esa tarde, mientras Mateo veía caricaturas con la señora Carmen, Alejandro llamó a Clara.
Ella contestó con su voz dulce de siempre. —Alejandro, hermano, justo pensaba en ti. Esta semana debe ser terrible por el aniversario de Mateo.
Alejandro cerró los ojos. —Tenemos que hablar de mi hijo.
Hubo una pausa mínima. —Hablar de él te hace daño. —Lo que me hizo daño fue creerles.
El silencio creció. —¿Qué quieres decir? —Voy para tu casa.
Clara vivía en una residencia elegante en Las Lomas, comprada con “préstamos” que Alejandro jamás había cobrado. Raúl abrió la puerta con una sonrisa falsa. —Cuñado, qué sorpresa.
