PARTE 2: Alejandro no llevó a Mateo a la mansión esa noche.
Guadalupe tenía razón: un padre no podía aparecer después de un año y arrancar a un niño del único lugar donde había vuelto a sentirse seguro.
Así que se quedó. Se sentó en la mesa pequeña de los Ramírez, tomó café de olla en una taza despostillada y vio a Mateo comer caldo de pollo mientras lo miraba cada pocos segundos, como si temiera que desapareciera.
Sofía le explicó que Mateo dormía con una lancha roja de juguete que llevaba el día que lo encontraron. Alejandro casi se quiebra. Él le había comprado esa lancha en Veracruz, después de un viaje de trabajo. Mateo la cargaba a todas partes.
Cuando los niños fueron a la sala, Guadalupe habló en voz baja. —Su hijo repetía una cosa cuando tenía fiebre: “Mi papá va a venir cuando termine de trabajar”.
Alejandro se tapó la boca con una mano. —Yo sí iba a volver.
—Lo sé. Pero él no lo sabía.
Guadalupe le contó todo. Cómo encontró a Mateo detrás de una tienda, escondido entre cajas. Cómo él rogó que no llamara a “la señora Clara”. Cómo decía que en la casa hogar lo encerraban cuando lloraba. Cómo un hombre llamado Raúl había entregado dinero para que nadie hiciera preguntas.
Alejandro escuchó sin interrumpir. Cada palabra era una puñalada.
Pero la peor llegó después. —Mateo decía que su tía le firmaba papeles a unos doctores —dijo Guadalupe—. Y que su tío le repetía: “Tú ya no existes, niño. Tu papá tiene una vida mejor sin ti”.
Alejandro se levantó tan rápido que la silla golpeó el piso. Tomás lo miró con calma. —Si va a pelear, pelee con pruebas. No con coraje.
Alejandro respiró hondo. Tomás tenía razón.
Esa misma madrugada llamó a Julián Robles, un excomandante de la fiscalía que ahora trabajaba como investigador privado. —Encontré a Mateo —dijo Alejandro.
Hubo un silencio largo. —¿Vivo?
—Vivo.
—Entonces no me cuentes por teléfono. Nos vemos en una hora.
