El jefe de la mafia se quedó helado cuando una niña apareció en su mansión y dijo: “Mi mamá no pudo venir hoy.”
—¿Y qué traes ahí?
—El currículum de mi mamá. Se llama Marisol Hernández. Limpia casas, oficinas, lo que sea. También sabe usar computadora, pero nadie le da oportunidad porque se enferma mucho.
Rafael tomó la hoja. El papel estaba arrugado, con manchas de lluvia. Leyó los datos: experiencia, referencias, teléfono. Al final había una dirección escrita con otra letra.
La letra no era de Marisol.
Rafael la reconoció.
—Sofía —preguntó con mucho cuidado—, ¿quién le dio esta dirección a tu mamá?
La niña se encogió.
—Un señor. Dijo que usted podía ayudarla.
El silencio cayó pesado.
—¿Cómo era ese señor?
—Traía un anillo. Uno negro, con un águila.
Rafael sintió que la sangre se le helaba. Ese anillo no lo usaba cualquiera. Era el símbolo de la familia Mendoza.
Antes de que pudiera preguntar más, un escolta apareció en la puerta, pálido.
—Patrón… encontramos algo en la bolsa del abrigo de la niña.
Sofía retrocedió.
—Yo no robé nada, se lo juro.
El hombre extendió la mano. Dentro de una bolsa de plástico había una tarjeta metálica y un papelito.
Rafael lo abrió.
Solo decía: Sótano Oriente.
Por primera vez en años, don Tomás vio miedo en los ojos de Rafael Mendoza.
No por él.
Por la niña que estaba parada en su estudio.
Porque Sofía no había llegado a pedir trabajo.
Alguien la había usado para meter una advertencia en la casa.
Y lo peor era que esa advertencia venía de alguien con sangre Mendoza.
No podía creerse lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
