Rafael ordenó cerrar toda la propiedad.
Nadie salía. Nadie entraba. Los guardias revisaron cámaras, accesos, pasillos de servicio y la zona del sótano. Sofía fue llevada a una sala pequeña, donde doña Lupita, la cocinera de la casa desde hacía veinte años, le puso una cobija y una taza de chocolate caliente.
—Vine por el trabajo —insistió Sofía, abrazando el mandil mojado de su mamá.
—Primero te calientas —dijo Rafael—. Después hablamos de trabajo.
—¿Con bombones?
Rafael miró a don Tomás.
—Con bombones.
La niña aceptó, seria, como si acabaran de cerrar un trato importante.
Cuando salió de la sala, Rafael ya no tenía rostro de hombre compasivo. Tenía rostro de patrón.
—Encuentren a Marisol Hernández. Viva.
Una hora después, la noticia llegó: Marisol estaba en su departamento, casi inconsciente por fiebre y deshidratación. La llevaron a un hospital privado sin pedir permiso. Sofía, al enterarse, se puso de pie con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Mi mamá se va a morir?
Rafael se agachó.
—No mientras yo pueda hacer algo.
—Mi mamá dice que los ricos solo ayudan si ganan algo.
—Tu mamá entiende bien el mundo.
Sofía lo miró, desconfiada.
—Entonces, ¿usted qué gana?
Rafael no supo responder.
En ese momento, don Tomás entró con una tablet. Su voz sonaba rota.
—Se usó mi código para abrir el Sótano Oriente anoche a las once cuarenta y tres.
Todos lo miraron.
Don Tomás llevaba tres décadas sirviendo a los Mendoza. Había visto entierros, traiciones y fiestas con políticos que sonreían demasiado.
—Yo estaba con usted a esa hora —dijo.
