—Lo sé —respondió Rafael—. Alguien clonó tu acceso.
Revisaron las cámaras. En una imagen borrosa apareció un hombre saliendo del elevador de servicio. El rostro no se veía, pero la mano derecha brilló bajo la luz.
El anillo negro con el águila.
Solo cuatro personas lo usaban: Rafael, don Tomás, Julián Mendoza y Ernesto Mendoza, primo de Rafael.
Ernesto estaba en la casa.
Lo habían invitado esa tarde para hablar de “unidad familiar” después del atentado.
Cuando lo llevaron al estudio, llegó sonriendo, con camisa limpia, voz suave y el anillo en el dedo.
—Primo, me dicen que hay drama por una niña.
Rafael puso el currículum sobre el escritorio.
—¿Conoces a Marisol Hernández?
—No.
—¿Mandaste a su hija a mi casa?
—Claro que no.
Rafael volteó la hoja.
Atrás, en tinta azul, había un número escrito a mano.
Si algo sale mal, llama a E.
Era el número privado de Ernesto.
La sonrisa de su primo murió solo un segundo. Pero Rafael vivía de notar segundos.
—Me están tendiendo una trampa —dijo Ernesto.
—Puede ser —respondió Rafael—. Pero todavía no sé si eres víctima o autor.
Entonces sonó el teléfono de don Tomás. Escuchó apenas unos segundos y palideció.
—Señor… intentaron llevarse a Marisol del hospital.
Rafael miró a Ernesto.
Y por primera vez, el primo dejó de fingir calma.
La niña no era el mensaje. La niña era la llave.
Y si Rafael no llegaba a tiempo, Sofía sería la siguiente.
PARTE 3
