—Solo soy su amiga.
—Su papá firma mi sueldo.
—Mateo no tiene a nadie más.
Rosa cerró los ojos. Quería decirle que el mundo tenía reglas. Que los ricos podían sonreírte un día y echarte al otro. Que una empleada no podía permitirse confiar demasiado en una casa ajena.
Pero también había visto sonreír a Mateo.
Así que solo dijo:
—Ten cuidado.
Lucía lo intentó.
Pero un sábado por la tarde, tener cuidado no bastó.
Mateo y ella jugaban con un papalote azul cerca del muro de piedra del jardín. El viento lo levantó alto y luego lo estrelló contra las ramas de un fresno.
Mateo subió al muro para alcanzarlo.
Lucía señaló:
Cuidado.
Él hizo una cara de héroe valiente.
Pero el musgo estaba húmedo.
Su zapato resbaló.
Mateo cayó.
No fue una caída larga, pero sí mala. Quedó sentado en el pasto, pálido, sujetándose el tobillo. Intentó fingir que no dolía, pero su rostro lo delató.
Lucía corrió.
Entró a la mansión casi gritando.
—¡Ayuda! ¡Mateo se cayó! ¡Está lastimado!
Los empleados voltearon. Rosa dejó caer una charola.
Alejandro apareció en la parte alta de la escalera.
—¿Dónde está?
Lucía lo llevó al jardín. Alejandro llegó hasta su hijo y se arrodilló frente a él.
—Mateo, dime dónde te duele. ¿Puedes pararte? ¿Me escuchas?
Hablaba demasiado rápido.
Demasiado fuerte.
Mateo intentó señalar.
Alejandro miró el tobillo inflamado, la ropa sucia, el personal reunido detrás.
Miró todo, excepto las manos de su hijo.
—Llamen al doctor. Traigan hielo. Preparen la camioneta.
Mateo volvió a señalar.
Sus ojos buscaron a Lucía.
¿Ella está en problemas?
Aun con dolor, estaba preocupado por ella.
Algo se encendió dentro de Lucía. Una rabia limpia, pequeña y enorme al mismo tiempo.
—Señor Arriaga —dijo.
—Ahora no, Lucía.
—Está intentando hablar con usted.
El jardín quedó quieto.
Alejandro volteó.
Por primera vez, miró las manos de su hijo.
De verdad las miró.
Mateo repitió la seña, más despacio.
Alejandro se quedó helado.
—No entiendo lo que dice —susurró.
La frase pareció partirlo.
