Lucía respiró hondo.
—Dice que no es tan grave. Y pregunta si yo voy a meterme en problemas.
Alejandro dejó de moverse.
Miró a su hijo lastimado, preocupado no por su tobillo, sino por la niña que había sido la única capaz de escucharlo.
Esa noche, después de que el doctor confirmó que era solo un esguince, Alejandro mandó llamar a Lucía.
Rosa la acompañó hasta la puerta de la oficina.
—Sé respetuosa. No hables de más. Si tienes que disculparte, hazlo.
Lucía entró abrazando su viejo libro de poemas como si fuera un escudo.
La oficina olía a madera cara y café. Alejandro estaba junto al ventanal, con la ciudad brillando al fondo.
—Tú eres su amiga —dijo.
No fue pregunta.
Lucía asintió.
—Desde la gala.
—Sí, señor.
Alejandro cerró los ojos.
—Todo este tiempo… frente a mí.
Luego la miró.
—Hoy tú entendiste a mi hijo. Yo no.
Lucía no respondió.
—¿Por qué aprendiste señas?
Pensó en muchas respuestas. Porque Mateo era bueno. Porque era gracioso. Porque nadie más lo intentaba.
Pero dijo la verdad más simple:
—Porque estaba solo.
Alejandro bajó la mirada hacia sus propias manos.
—Quiero pedirte algo.
Lucía se tensó.
—Quiero que sigas viendo a Mateo. Sin esconderse. Sin pasillos de servicio. También quiero pagar tus estudios. Los de tu mamá si hace falta. Universidad, cursos, lo que necesiten.
Lucía abrió los ojos.
Pero Alejandro aún no terminaba.
—Y quiero que me enseñes.
—¿Qué cosa?
Él tragó saliva.
—A hablar con mi hijo.
La niña entendió entonces que aquel hombre podía comprar empresas, callar juntas directivas y mover millones en una pantalla, pero no sabía cruzar la puerta más importante de su casa.
Lucía levantó la barbilla.
—Lo ayudaré.
Alejandro exhaló.
—Gracias.
—Pero las señas no se compran, señor.
Él la miró sorprendido.
