—Yo le enseño gratis.
—¿Por qué?
Lucía apretó su libro contra el pecho.
—Porque eso hacen los amigos.
Alejandro no supo qué contestar.
Por primera vez en años, alguien dentro de su mansión le había ofrecido algo que su dinero no podía mandar a hacer.
PARTE 3
La primera lección ocurrió en la biblioteca.
Mateo estaba sentado con el tobillo sobre un cojín, mirando a su padre con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Lucía se paró frente a Alejandro, intentando parecer seria aunque apenas le llegaba al pecho.
—Empezamos con el abecedario —dijo.
Alejandro asintió como si estuviera a punto de cerrar el trato más importante de su vida.
Lucía hizo la primera seña.
Él la imitó.
Mal.
Mateo escondió una sonrisa.
Lucía le corrigió el pulgar.
Alejandro volvió a intentarlo.
Mal otra vez.
Mateo señaló:
Alumno lento.
Lucía lo miró con severidad.
Sé amable.
Mateo sonrió.
Las lecciones se volvieron parte de la vida en la mansión. Tres veces por semana, Alejandro se sentaba en la biblioteca a practicar. Al principio lo hacía con disciplina de empresario, como si pudiera dominar el idioma por fuerza de voluntad.
Pero la lengua de señas no era una empresa.
No se conquistaba.
Se escuchaba con los ojos. Se hablaba con las manos. Se sentía con la cara. Exigía paciencia, humildad y presencia.
Todo lo que Alejandro había evitado durante años.
Una tarde, Lucía le enseñó la seña de mamá.
La mano de Alejandro se detuvo a medio camino.
Intentó hacerla.
Falló.
Volvió a intentarlo.
Falló otra vez.
—No debería ser tan difícil —murmuró.
Mateo, desde el sillón, observó a Lucía y señaló algo.
Ella miró a Alejandro con cuidado.
—Mateo dice que no piense en la palabra.
Alejandro apretó la mandíbula.
—Dice que piense en ella.
La biblioteca quedó en silencio.
Durante años, Alejandro había tratado el recuerdo de Isabel como un cuarto cerrado. Quitó fotografías, guardó pinturas, encerró el piano, prohibió historias. Creyó que así protegía a Mateo del dolor.
Pero no lo había protegido.
Lo había dejado sin recuerdos.
