PARTE 2
Alejandro no gritó.
Eso fue lo que más miedo dio.
Se volvió hacia los invitados, aún con el traje impecable y el rostro sereno.
“Lamento informarles que no habrá boda. La comida está servida y la hacienda queda a su disposición. Gracias por acompañarnos.”
Después caminó hacia la biblioteca principal de la hacienda.
Renata lo siguió, levantándose el vestido para no tropezar.
“¡No puedes humillarme así delante de todos!”
Alejandro no volteó.
“Me parece curioso que te preocupe más la humillación que la acusación.”
Cristian intentó salir por el corredor de servicio, pero Diego se puso frente a él.
“¿Te vas sin felicitar a los novios?”
Cristian apretó la mandíbula.
En la biblioteca, la licenciada Paredes entró por videollamada desde Ciudad de México. Era la abogada de confianza de Alejandro desde hacía nueve años. Conocía cada contrato, cada fideicomiso, cada riesgo.
Marisol se quedó junto a la puerta, abrazando a Camila. La niña ya no lloraba, pero miraba a Alejandro como si esperara un castigo.
Alejandro se agachó frente a ella.
“Gracias por decir la verdad.”
“¿Está enojado?”
“No contigo.”
“¿Está triste?”
Alejandro tragó saliva.
“Un poco.”
Camila le ofreció su conejo.
“Benny ayuda.”
Por primera vez en toda la tarde, algo se quebró en el rostro de Alejandro. Tomó el peluche un instante y se lo devolvió.
“Benny debe quedarse contigo. Pero gracias.”
Renata golpeó la mesa con la palma.
“Esto es ridículo. Una niña inventó una historia y todos actúan como si fuera prueba.”
La licenciada Paredes ajustó sus lentes.
“Señorita Arriaga, desbloquee su teléfono y póngalo sobre la mesa.”
Renata se quedó helada.
“No tiene derecho.”
“Correcto”, dijo Alejandro. “Puedes negarte. Y yo puedo cancelar de inmediato tu acceso a las cuentas compartidas, suspender cualquier firma pendiente y ordenar una auditoría completa.”
Cristian intervino.
“Eso suena a intimidación.”
La abogada lo miró sin parpadear.
“Licenciado Robles, todavía nadie le pidió su teléfono.”
Cristian se calló.
Renata empezó a llorar. Pero no eran lágrimas de dolor. Eran lágrimas de rabia.
“Yo te di dos años de mi vida”, dijo. “Te acompañé a eventos, soporté tus silencios, tus obsesiones, tus juntas eternas. ¿Y ahora me cambias por la palabra de una empleada?”
Alejandro miró a Marisol. Ella bajó los ojos.
“Cuidado con cómo hablas de ellas.”
Renata soltó una risa amarga.
“Claro. La niña te mira con adoración y la mamá se hace la digna. Qué conveniente.”
Marisol apretó los labios, pero no respondió.
Entonces Diego señaló la mano de Cristian.
“¿Qué guardas en el saco?”
Cristian se quedó quieto.
“¿Perdón?”
“Desde que Camila dijo tu nombre, te estás tocando el bolsillo interior.”
Los guardias se acercaron. Cristian protestó, pero terminó sacando una memoria plateada.
La licenciada Paredes pidió que se copiara el contenido frente a todos.
Dentro había documentos de constitución de tres empresas fantasma en Querétaro, instrucciones de transferencia, claves parciales, correos sin enviar y un calendario marcado para empezar seis semanas después de la boda.
No era un impulso.
Era un plan.
La meta no era robar toda la empresa. Eso habría sido imposible. El plan era desviar pequeñas cantidades desde un portafolio matrimonial durante varios meses, disfrazarlas como pagos de consultoría y moverlas a cuentas fuera del país.
La suma total: ochenta y seis millones de pesos.
Renata dejó de llorar.
Cristian cerró los ojos.
“Renata, te dije que no guardaras copias.”
Ella volteó hacia él con odio.
“¡Tú dijiste que era seguro!”
“Dije que podía funcionar si no cometías errores estúpidos.”
Alejandro escuchó aquella discusión como si estuviera viendo arder una casa desde la calle.
Todo lo que había llamado amor se desmoronaba con vocabulario financiero.
Al anochecer, Renata salió de la hacienda por la puerta de servicio, sin velo, sin ramo y sin anillo.
Antes de subir a la camioneta, miró a Alejandro.
“Después de esto no vas a confiar en nadie.”
Alejandro volteó hacia los escalones de la cocina, donde Camila comía pastel junto a Marisol.
“Tal vez te equivoques también en eso.”
Pero cuando la camioneta desapareció, Alejandro comprendió algo que lo dejó frío.
Si Camila no hubiera corrido hacia el altar, él habría firmado su propia ruina con una sonrisa.
Y la parte más dolorosa era que Marisol había sabido la verdad… y había tenido miedo de decírsela.
PARTE 3
