El millonario regresó a casa temprano… entonces la criada susurró: “Silencio, señor. Necesita ver esto ahora mismo”.

Alejandro intervino.

—No le vuelvas a hablar así.

Maricela cogió su teléfono móvil.

—Lo tengo todo grabado.

Luego hizo algunas copias dobladas.

—También encontré los documentos de La Casa Clara, en Cuernavaca.

Sara palideció.

—Es una clínica privada. Muy discreta. Muchas familias la usan para esconder a jóvenes incómodos.

Valentina apretó con fuerza la mano de Alejandro.

Sara leyó en voz alta:

—Ingreso programado para esta noche. Traslado a medianoche. Motivos: inestabilidad emocional, desobediencia, apego inapropiado a una empleada doméstica y rechazo a las obligaciones familiares.

Alejandro cerró los ojos.

Había llegado tres horas antes de que su hija desapareciera.

—Llamen a las autoridades —dijo.

Renata se derrumbó por primera vez.

—¿Vas a denunciar a tu mujer?

Alejandro miró a Valentina.

—Voy a proteger a mi hija.

Nicolás intentó marcharse, pero Héctor lo detuvo. Mientras forcejeaba, algo se le cayó del bolsillo: un blíster de pastillas.

Valentina susurró:

—Mamá dijo que si me ponía difícil, me ayudarían a calmarme.

Ya no había fiesta.

Había agentes de policía, representantes de protección infantil, abogados, invitados dando nombres y una casa llena de bebidas abandonadas.

Renata perdió el control esa noche.

Javier Beltrán perdió el trato.