La mañana siguiente comenzó con el mismo simulacro de normalidad de siempre. Emilio se despidió de Luz con un asentimiento distante y besó la frente de Renata antes de salir hacia la oficina. Sin embargo, su mente no estaba en los informes ni en las reuniones ejecutivas. En su teléfono móvil, una aplicación recién instalada permanecía activa en segundo plano, enviando transmisiones silenciosas desde los rincones estratégicos de su hogar. Durante las primeras horas, Emilio resistió la tentación de mirar. Se obligó a concentrarse en el trabajo, diciéndose a sí mismo que las cámaras de seguridad ocultas eran solo una medida de precaución, una red de seguridad pasiva.
A media tarde, la inquietud venció a la disciplina. Emilio se encerró en su despacho, colocó el teléfono sobre el escritorio y abrió la aplicación. La pantalla se dividió en cuatro cuadrantes de alta definición. Al principio, lo que vio fue la rutina predecible que ya conocía: Luz limpiando la cocina, el televisor encendido con volumen bajo en la sala, y Renata sentada en su silla, mirando fijamente hacia la ventana del patio. No había gestos bruscos, no había maltratos, no había nada que justificara la opresión que Emilio sentía en el pecho. Estaba a punto de cerrar la aplicación, sintiéndose un poco ridículo por su paranoia, cuando Luz entró en el encuadre de la sala.
La cuidadora se acercó a Renata. Emilio contuvo el aliento, aguzando el oído a través del altavoz del teléfono. Luz no le habló a la niña con la voz profesional y cortante que usaba en su presencia. Su rostro mudó a una expresión de profunda seriedad, casi de urgencia. Se arrodilló frente a la silla de ruedas y tomó las manos de Renata entre las suyas. Fue en ese momento cuando Emilio notó que Luz comenzaba a realizar una serie de movimientos rítmicos y repetitivos con los brazos de la pequeña, extendiéndolos y flexionándolos con una firmeza que bordeaba el límite del esfuerzo físico. Renata no lloraba; al contrario, sus ojos brillaban con una intensidad que Emilio no había visto en años.
Emilio observó la pantalla sin pestañear. Luz se levantó, caminó hacia el pasillo y regresó con una pequeña pelota de goma blanda. Colocó el objeto en la falda de Renata y, con una paciencia infinita, guio la mano derecha de la niña hacia él. Lo que ocurrió a continuación hizo que a Emilio se le helara la sangre y, al mismo tiempo, el corazón le diera un vuelco violento. Renata, cuya musculatura los médicos habían diagnosticado como severamente comprometida y casi incapaz de responder a estímulos voluntarios, cerró los dedos alrededor de la pelota.
