Se arrodilló frente a ella, adoptando la misma postura que había visto adoptar a Luz a través de la pantalla de su teléfono.
Tomó la mano derecha de Renata, la misma que unas horas antes había sostenido la pelota de goma.
La piel de la pequeña se sentía tibia, viva.
—Buenas noches, señor —dijo Luz, saliendo de la cocina con un paño de cocina en las manos y manteniendo su habitual distancia profesional.
Emilio no respondió de inmediato. Se quedó mirando los ojos de Renata, buscando esa chispa de esfuerzo que la cámara había capturado.
Luego, levantó la vista hacia Luz.
La cuidadora pareció notar un cambio en el ambiente;
su postura se tensó ligeramente, anticipando quizás la rigidez habitual de su empleador.
—Buenas noches, Luz —dijo Emilio, con una voz que tembló sutilmente, despojada de la frialdad de los meses pasados—.
Hoy el día estuvo diferente, ¿verdad?
Luz bajó la mirada por una fracción de segundo, buscando en sus adentros la respuesta estándar que mantuviera el orden establecido.
Sin embargo, Emilio no esperó a que ella inventara otra excusa sobre el roce en el antebrazo.
Con un movimiento suave, extendió su propia mano hacia el centro de la mesa ratona, donde la pequeña pelota de goma descansaba casi oculta bajo una revista.
Colocó el objeto frente a Renata y miró a Luz con una expresión que ya no exigía explicaciones, sino que pedía, casi con timidez, ser parte del secreto.
