El Secreto Detrás de la Radiografía y la Nota del Dentista

 

Un frío glacial me recorrió la espina dorsal. Las manos me temblaron tanto que el papel crujió, y tuve que aplastarlo rápidamente contra mi muslo para que Carlos no lo notara. ¿A qué se refería el doctor Méndez? Carlos y yo llevábamos seis años casados. Era un padre ejemplar, un esposo atento, un ingeniero de sistemas que trabajaba desde casa y dedicaba cada minuto libre a nuestra hija. Sin embargo, recordar su insistencia casi paranoica por acompañarnos esa tarde, algo totalmente inusual en él, comenzó a cobrar un matiz siniestro. Él odiaba los hospitales y los consultorios; siempre ponía excusas para evitarlos. Hoy, prácticamente se había interpuesto entre la puerta y yo para no quedarse atrás.

—¿Te pasa algo, mi amor? —preguntó Carlos, sin apartar los ojos de la avenida, pero con un tono de voz demasiado calmado, casi ensayado.

—No, nada... solo me quedé pensando en el presupuesto del tratamiento de Sofía —mentí, sintiendo que el corazón me golpeaba las costillas con una fuerza ensordecedora—. El doctor dijo que necesitará otra cita la próxima semana.

—Ya buscaremos otro lugar —respondió él de inmediato, acelerando un poco más de lo normal—. Ese tipo no me dio buena espina. Muy poco profesional.

El pánico se apoderó de mí. El doctor Méndez había sido nuestro dentista familiar desde hacía años, pero Carlos solo había interactuado con él a través de llamadas de programación o papeles firmados. Esta era la primera vez que se veían cara a cara en un entorno clínico formal.

Miré el mapa en la pantalla del tablero. Si continuábamos por la ruta habitual, pasaríamos a solo dos calles de la comisaría de la calle Olmos. Tenía que inventar algo, una distracción, cualquier cosa para desviar el auto sin levantar sospechas. El doctor Méndez no arriesgaría su carrera ni su reputación inventando algo así; algo grave ocultaba la ficha dental o el historial de mi hija que involucraba directamente la identidad de mi esposo.