Papá lo había puesto atrás de las pilas.
Mark se puso pálido.
La abogada se levantó otra vez.
—Su señoría, objetamos cualquier contenido no autenticado, posiblemente manipulado…
—Todavía no hemos visto nada —dijo el juez Reynolds.
—Precisamente por eso…
—Siéntese, licenciada.
Esta vez la voz del juez no fue suave.
La abogada se sentó.
El asistente del tribunal se acercó para ayudar a conectar el teléfono a una pantalla pequeña que usaban para presentar documentos y evidencia.
Chloe no lo soltó enseguida.
Durante un segundo, lo apretó contra su pecho como si entregar el aparato fuera entregar una parte de sí misma.
—Está en videos —dijo—.
El último.
El que no tiene nombre.
El asistente tocó la pantalla rota.
Hubo un parpadeo.
Luego apareció una imagen borrosa, inclinada, como si el teléfono hubiera estado apoyado sobre una repisa o escondido entre objetos.
La fecha aparecía en la esquina.
Era de tres semanas antes.
Tres semanas antes, Mark había ido a casa a recoger
unas cajas.
