Hace como un mes, Emiliano me mandó un mensaje desde la tablet. Solo decía: “tía, ¿me puedes marcar?”. Le marqué y ya no contestó. Adriana me escribió después que el niño “andaba inventando cosas para llamar la atención”.
Yo le creí a Adriana.
Agarré el celular y abrí la cámara del timbre, la que da a mi entrada. Quería ver a qué hora había llegado. Le di para atrás. Cinco menos cuarto. Las cuatro y media. Las cuatro y cuarto. El niño aparecía y desaparecía de la toma, parándose debajo del foco del porche y volviéndose a ir.
Después entendí por qué. Se paraba bajo la luz cada rato porque tenía miedo de caerse en lo oscuro y que nadie lo viera.
No habían pasado ni veinte minutos cuando me empezó a vibrar el teléfono. Adriana. “Sabemos que está contigo, Graciela. No lo hagas más grande de lo que es.”
Luego se oyó una camioneta frenar afuera.
Tocaron fuerte. No como Emiliano. Fuerte, de quien manda. Abrí con la cadena puesta. Eran Gerardo y Adriana, todavía con la ropa de la fiesta, arreglados, oliendo a perfume a las seis de la mañana.
Gerardo me vio a mí. No buscó a su hijo con la mirada. Me vio a mí.
—¿Qué les dijiste? —fue lo primero que dijo.
No “¿está bien?”. No “¿dónde está?”. “¿Qué les dijiste?”.
Adriana se asomó por encima de su hombro, con la mano en el pecho, ya actuando.
—Pobrecito, se asusta y se sale corriendo. Ya nos había hecho esto antes.
—Caminó tres kilómetros con cero grados —le dije.
—Ay, no exageres. Ese niño es puro drama. Inventa para que lo abracen.
