Eran las cinco de la mañana cuando oí tres golpecitos en la puerta. Débiles. Como de alguien que ya casi no podía.

Atrás de mí, en el sillón, Emiliano se hizo bolita y empezó a llorar bajito al oír esa voz.

No supe de dónde, pero saqué el celular y mandé el video del timbre antes de que ellos lo vieran. A un oficial que conozco del trabajo, Nava. Las manos me temblaban. Lo mandé sin escribir nada.

Gerardo bajó la voz.

—Vives sola, en un departamento rentado, contestando teléfonos. ¿Crees que un juez te lo va a dar a ti?

Esa fue la primera vez que oí hablar de un juez. Nadie había dicho nada de un juez todavía.

Llamé una ambulancia. Mientras llegaba, le cerré la puerta en la cara a Gerardo y le puse el seguro. Por primera vez en toda la noche sentí que respiraba.

Emiliano se durmió en mis brazos con la cobija azul encima. Azul, porque una vez me dijo que el azul lo hacía sentir tranquilo. Le acaricié el pelo. Ya estaba calientito otra vez. Iba a estar bien. Yo iba a hacer que estuviera bien.

Nava me contestó rápido. Que ya iba para el hospital, que no borrara nada, que llevara el celular.

Por un momento creí que lo más difícil ya había pasado.

Entonces volvió a sonar el teléfono. No era Gerardo. No era Adriana. Era Nava otra vez. Decía: “¿Tienes acceso a la cuenta de la cerradura de la casa de tu hermano?”.

No alcancé a contestarle. Emiliano abrió los ojos. Me miró fijo, sin llorar, con esa carita de cuando uno va a decir algo que da miedo decir. Me jaló la manga con los dedos todavía fríos. Y bajito, bajito, como cuando me cuenta un secreto, me dijo: