—Eras socio junior —continuó Bear con voz firme y fría—. Ansioso por impresionar. Aprobaste un envío de andamios de mala calidad. Ignoraste tres advertencias del capataz. Todo para mantener el proyecto dentro del presupuesto y a tiempo. Para conseguir tu ascenso.
Finch se lamió los labios, con la mirada fija en la puerta. —Esto es difamación. Haré que te echen por allanamiento de morada.
“Mi hermano pequeño estaba en ese andamio cuando se derrumbó, Daniel.”
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas y terribles. Por fin comprendí la mirada de Bear cuando vio el nombre de Finch por primera vez. No era solo ira. Eran dos décadas de dolor y sufrimiento sin resolver.
—Se llamaba Michael —dijo Bear, con la voz ligeramente quebrada antes de recuperarla—. Tenía diecinueve años. Iba a ser arquitecto. Le encantaba construir cosas. Sobrevivió, pero sufrió una grave lesión en la columna. Lleva veinticuatro años en silla de ruedas.
Las lágrimas corrían ahora por mi rostro, lágrimas silenciosas por un chico al que nunca había conocido y por el hermano que claramente nunca había dejado de luchar por él.
«Los abogados de su empresa nos hundieron», continuó Bear. «Lo calificaron de "accidente imprevisible". Pagaron una indemnización que apenas cubrió su primer año de atención médica. Usted consiguió su ascenso. Unos años después, dejó el sector de la construcción y lavó su reputación en el "noble" campo de la administración sanitaria. Dejó a mi familia en la ruina y destrozada».
Finch estaba pálido como un fantasma. Miró de Bear a Marcus, el abogado, que permanecía en silencio junto a la puerta, con expresión sombría.
