Las amplias puertas del hospital se abrieron, dejando entrar la menuda figura de una niña. Varya, de diez años, vestía un abrigo que claramente le quedaba grande y estaba algo desgastado. En sus brazos sostenía al bebé, envuelto en una fina manta que casi le cubría el rostro. La niña cruzó el umbral con cuidado, como si temiera que cualquier ruido perturbara el silencio del pasillo.
Una enfermera que pasaba por allí los vio de inmediato. Su mirada se posó en el bulto y, sin darse cuenta, caminó hacia él.
—¿Buscas a alguien, pequeña? —preguntó, intentando hablar con calma, aunque por dentro la ansiedad le oprimía el corazón.
—No… —respondió Varya, casi en un susurro, temblando—. Por favor, ayuda a Tyoma. Está muy callado.
La enfermera se acercó rápidamente, tomó con cuidado a la bebé y la condujo a la sala de procedimientos. Varya permaneció en el pasillo, jugueteando con el dobladillo de su manga. Tenía los ojos muy abiertos, pero no derramaba lágrimas. No sabía qué sucedería después, pero un profundo sentido del deber la acompañaba. Tenía que salvar a la bebé, a pesar del miedo.
Los miembros del personal del hospital que pasaban por allí intercambiaron miradas de sorpresa al ver a la joven cargando al bebé con inusual firmeza, como si fuera una carga familiar. Algunos se detuvieron para asegurarse de que podía con él, pero Varya solo asintió en silencio, asegurándoles que todo estaba bien. Su mirada revelaba una extraña mezcla de miedo y determinación que momentáneamente dejó a todos a su alrededor en silencio.
Cuando la puerta se cerró tras la enfermera y el bebé, la niña se quedó sola en el pasillo vacío. Sus frágiles hombros temblaron ligeramente, pero mantuvo la cabeza en alto. Cada paso hasta el hospital, cada minuto que pasó con el bebé, había sido una prueba de su valentía. Ahora que la ayuda estaba cerca, por primera vez comprendió la gravedad de la situación.
Después de que los médicos confirmaron que el bebé estaba bien, invitaron a la niña a pasar a una pequeña oficina cerca de la recepción.
La enfermera jefe, sentada frente a ella, comenzó a interrogarla con cautela:
—¿Es este tu hermano? ¿Dónde están tu mamá y tu papá?
