- —Necesitas a alguien que te dé calor en esta casa —dijo en voz baja.
Elías se aflojó la corbata.
- “Tenemos enfermeras.”
- “Tienes empleados.”
- “Harper necesita atención profesional.”
- “Harper necesita amor.”
La palabra le impactó más de lo que debería.
- —No lo hagas —dijo.
- “¿No qué?”
- “No des a entender que no quiero a mi hija.”
El rostro de Margaret se suavizó, pero no retrocedió.
- “Sé que la quieres. Pero un amor que está oculto tras el miedo no puede llegar a un niño.”
Elías desvió la mirada.
Al final del pasillo, la lámpara de araña proyectaba una luz dorada sobre la escalera. Todo en la casa resplandecía. Todo parecía caro. Todo se sentía muerto.
- —¿Qué quieres que haga? —preguntó con amargura—. ¿Cantar? ¿Bailar? ¿Fingir que sé cómo curar un daño cerebral que, al parecer, no existe?
- “Quiero que dejes de tratar a Harper como si tocarla pudiera destrozarte.”
No dijo nada.
Porque era cierto.
Y porque la verdad dicha por una madre tiene la cruel manera de sonar a juicio, incluso cuando se trata de dolor.
Dos días después, Margaret contrató a Talia Brooks.
Al principio, Elías apenas se fijó en ella.
Eso fue algo que más tarde se arrepentiría de haber hecho.
Talia tenía veintiocho años, aunque en su mirada se reflejaba la serena paciencia de alguien mayor. No vestía como las refinadas empleadas domésticas que solía enviar la agencia de Elías. Nada de uniformes almidonados. Nada de sonrisas forzadas. Nada de deferencias ensayadas.
Llegó vestida con un sencillo suéter gris, vaqueros oscuros y un abrigo de lana desteñido en los puños. Llevaba el pelo rizado recogido de forma informal y una bolsa de lona repleta de cuadernos, libros infantiles y lo que parecía ser un conejo de peluche al que le faltaba una oreja.
Elías la recibió en el vestíbulo mientras revisaba los mensajes en su teléfono.
Margaret los presentó.
- “Elias, ella es Talia Brooks. Te ayudará con las tareas del hogar y con Harper cuando sea necesario.”
Talia extendió la mano.
- “Señor Carter.”
Lo sacudió brevemente.
- “Mi madre se encarga de la gestión del personal. Ella les explicará el horario.”
La mano de Talia bajó.
Por un instante, Elías vio algo pasar por su rostro.
No es una ofensa, exactamente.
Más bien decepción.
Pero luego desapareció.
- —Por supuesto —dijo ella.
Volvió a mirar su teléfono.
- “Las rutinas de Harper son estrictas. El personal médico les indicará con qué no deben interferir.”
Los labios de Margaret se tensaron.
Talia asintió.
- "Entiendo."
Elías no le preguntó de dónde venía.
No le preguntó por qué quería el trabajo.
