Entraron.
El ascensor los llevó hasta el último piso. El espacioso apartamento los recibió con silencio y luz. Los ventanales panorámicos ofrecían una vista de la ciudad: gris, pero vibrante.
—Todos los documentos están listos —dijo el hombre, acercándose a la mesa—. Después de hoy, nadie podrá cuestionar la estructura de propiedad.
Nadezhda se quitó el abrigo.
- Lo intentarán.
—Por supuesto —aceptó—. Pero ninguna posibilidad.
Ella asintió.
- Bien.
Al mismo tiempo, en el juzgado la situación cambiaba rápidamente.
—¿Oíste lo que dijo? —La voz de Tamara Ilyinichna temblaba, pero no por debilidad, sino por rabia—. ¡Esto es una estafa!
Vadim miró en silencio hacia la carretera.
—Mamá —dijo finalmente—, cálmate.
¡¿Que me calme?! —exclamó furiosa—. ¿Entiendes de lo que estoy hablando? ¡Hay millones!
Christina jugueteaba nerviosamente con su teléfono.
— Voy a llamar al banco ahora.
—Llama —dijo la madre bruscamente.
Tras unos segundos, el rostro de Christina cambió.
— Él no contesta…
- ¡Dámelo aquí!
Tamara Ilyinichna arrebató el teléfono y marcó el número ella misma.
Pitidos largos.
Finalmente, la respuesta.
— Sí, hola, soy Tamara Ilyinichna... Necesito aclarar urgentemente cierta información sobre el fondo de inversión...
Pausa.
Su rostro palideció.
— ¿Qué quieres decir con que... el beneficiario es diferente?
Otra pausa.
— ¿Cuándo ocurrió esto?
Escuchaba sin interrumpir, y con cada segundo que pasaba su confianza disminuía.
—Es un error —exhaló finalmente—. Tienes que comprobarlo.
Pero la voz ya no tenía la misma fuerza.
Bajó el teléfono lentamente.
—Es cierto —dijo en voz baja.
Christina se quedó paralizada.
— ¿Qué... en serio?
— El fondo... no es nuestro.
Vadim cerró los ojos.
