Media hora después del divorcio, Tamara

Media hora después del divorcio, Tamara Ilyinichna ya se apresuraba a resumir la situación: en voz alta, con seguridad y con ese tono que siempre denotaba una convicción inquebrantable de tener razón. Parecía que, para ella, todo lo que estaba sucediendo no era el final de un drama familiar, sino el comienzo de una reorganización largamente planeada.

Aunque el sello de la sentencia judicial aún no se había secado del todo, los antiguos familiares ya estaban repartiéndose mentalmente lo que, en su opinión, debería haberse "vuelto a la normalidad".

Nadezhda estaba de pie en el porche azotado por el viento del juzgado, hundiendo sus dedos fríos en los bolsillos de su abrigo de otoño. El aire húmedo le helaba la piel, y el aroma a humedad y hojas caídas impregnaba el ambiente; ese aroma que solo se percibe a finales de otoño, cuando todo parece congelado en espera del cambio.

Detrás de ellos, la pesada puerta crujió, dejando escapar otra oleada de frío y voces. El taconeo firme de unos zapatos resonó: rápido, seco y dolorosamente familiar.

Tamara Ilyinichna apareció, como siempre, con la espalda perfectamente recta y la cabeza bien alta. Caminó hacia el estacionamiento, envolviéndose en su costoso abrigo de cachemir, como si se protegiera no del viento, sino de todo aquello que consideraba inferior.

—Bueno, eso es todo —dijo arrastrando las palabras con fingida tranquilidad, deteniéndose justo delante de Nadezhda—. Le dije a Vadik desde el principio: alguien como tú no durará mucho en nuestro círculo. Los milagros no existen.

Nadezhda no respondió. Su mirada estaba fija en algún lugar más allá de ella: en el tráfico que avanzaba lentamente, en el cielo gris, en cualquier cosa menos en encontrarse con la mirada de la mujer que tenía enfrente.