—¿Por qué estás tan congelada? —preguntó Kristina riendo, de pie junto a su madre. Se ajustó nerviosamente la bufanda y frunció los labios, resaltados por un pintalabios brillante—. ¿Crees que Vadim saldrá ahora y cambiará de opinión? ¿Que me invitará a entrar en casa?
Nadezhda lentamente dirigió su mirada hacia ella. Tranquila, casi indiferente.
—Estoy esperando un taxi —dijo en voz baja.
En ese instante, Vadim salió del edificio. Como siempre, estaba impecable: un traje elegante, el cabello bien peinado, un rostro impasible, desprovisto de toda emoción. Se abrochó la chaqueta sin siquiera mirar a Nadezhda, como si ella ya hubiera dejado de existir.
—¡Vadik! —exclamó Tamara Ilyinichna, abriendo los brazos—. ¡Por fin se acabó!
Abrazó a su hijo, pero en ese instante su mirada se deslizó más allá de su hombro: fría, tenaz, victoriosa.
—¿Y sabes qué es lo mejor de toda esta historia? —Su voz se elevó para que Nadezhda pudiera oír cada palabra—. Ahora ese fondo de inversión cerrado vuelve a ser nuestro.
Ni siquiera ocultó su triunfo.
— El dinero regresa a la familia.
Vadim hizo una leve mueca al ajustarse la corbata.
"Mamá, no armemos un escándalo. Ya está todo arreglado. Vamos a la oficina."
—¿Qué ocurre? —insistió—. Mañana por la mañana iremos al banco y finalizaremos todo. Después iremos a la inmobiliaria. Ya he encontrado un terreno junto al agua. Es un lugar maravilloso.
Un SUV reluciente se detuvo silenciosamente a un lado de la carretera. El conductor salió rápidamente y abrió la puerta.
—No hace falta que vuelvas a buscar tus cosas —dijo Vadim por encima del hombro, mirando por fin a Nadezhda—. He dado órdenes: todo se empaquetará y se enviará a tu domicilio registrado.
Nadezhda sonrió levemente, casi imperceptiblemente, pero en esa sonrisa no había resentimiento ni arrepentimiento.
En ese momento, el teléfono que llevaba en el bolsillo vibró.
Lo sacó lentamente, miró la pantalla y aceptó la llamada.
- Sí, te escucho.
Pausa.
Su rostro no cambió, pero algo apenas perceptible brilló en sus ojos, como una sombra, como un atisbo de confianza interior.
- Entendido. Gracias por avisarme con antelación.
Guardó el teléfono y levantó la vista.
Tamara Ilyinichna estaba a punto de subirse al coche, pero, al notar este extraño cambio, se quedó paralizada.
—¿Qué más? —preguntó con recelo.
