Los días buenos y los días terribles.
Una noche descubrí a Javier grabando videos para los niños.
—Si están viendo esto y yo ya no estoy aquí, quiero que recuerden que los amé desde el primer instante.
Cerré la puerta en silencio y me fui a llorar.
Poco después, Mateo se sentó en sus piernas.
—No te mueras, papá.
Nicolás le entregó uno de sus camiones de juguete.
—Para que juegues cuando regreses.
Ninguno de nosotros pudo contener las lágrimas.
El milagro inesperado
Los meses pasaron.
Hubo momentos en los que pensamos que no lo lograríamos.
El tratamiento fue duro.
Agotador.
Desgastante.
Pero una mañana recibimos una llamada.
Era el doctor Ramírez.
Contuve la respiración.
—Los estudios están limpios. Javier está en remisión.
Caí de rodillas.
Y lloré como nunca antes.
