Mi esposo me empujó por un barranco helado cuando yo tenía nueve meses de embarazo, convencido de que cobrar 50 millones de dólares valía más que nuestras vidas. En mi “funeral”, sonrió junto a su amante y murmuró: “Los dos murieron congelados. Esa inútil se lo merecía.” Entonces las puertas de la catedral se abrieron de golpe… y entré del brazo de mi padre, el CEO multimillonario de la aseguradora.

Ricardo aparecía frente a cámaras, vestido de negro, con lentes oscuros y un pañuelo en la mano. Detrás de él,
Mariana fingía tristeza con un vestido sobrio y los labios perfectamente pintados.
“Mi esposa y mi hijo eran mi vida”, decía Ricardo, con una voz quebrada tan falsa que me revolvió el estómago.
“El accidente en el Nevado de Toluca me arrebató todo.
Este sábado haremos una misa en la Catedral Metropolitana para despedirlos.”
Apreté la sábana.
“¿Mi hijo?”, pregunté con rabia.
Arturo asintió, duro.
“Declaró que vio caer a los dos. Firmó documentos diciendo que estabas muerta.
Está presionando para que la aseguradora libere el pago sin esperar la investigación completa.”
“¿Cuándo?”
“Quiere recibir el cheque en la misa.
Frente a todos.
Políticos, empresarios, prensa.
Quiere parecer un viudo devastado mientras cobra cincuenta millones.”