PARTE 2: Desperté en una habitación blanca, cálida y silenciosa.
No era un hospital público.
Era una suite médica privada en Santa Fe, con guardias en la puerta, doctores entrando sin hacer ruido y aparatos que marcaban mi respiración.
Me dolía todo. Tenía costillas fisuradas, puntos en la mejilla y una herida profunda en la espalda.
Pero mi primer pensamiento fue mi hijo.
Giré la cabeza con miedo.
Ahí estaba.
Dormido en una cuna térmica, envuelto en una manta azul, con los puñitos cerrados y la cara más hermosa que había visto en mi vida.
“Se llama Leo”, dijo una enfermera con una sonrisa. “Nació fuerte.”
Lloré sin hacer ruido.
No por Ricardo.
No por el dolor.
Lloré porque mi bebé había sobrevivido al odio de su propio padre.
Arturo Santillán entró poco después.
Venía con traje oscuro, ojeras profundas y una carpeta en la mano.
No me trató como una víctima indefensa.
Me miró como si yo fuera alguien que acababa de regresar de una guerra.
“Valeria, necesitas ver esto.”
Encendió una pantalla.
