Mi esposo me empujó por un barranco helado cuando yo tenía nueve meses de embarazo, convencido de que cobrar 50 millones de dólares valía más que nuestras vidas. En mi “funeral”, sonrió junto a su amante y murmuró: “Los dos murieron congelados. Esa inútil se lo merecía.” Entonces las puertas de la catedral se abrieron de golpe… y entré del brazo de mi padre, el CEO multimillonario de la aseguradora.
El sábado llegó con una rapidez cruel.
La Catedral Metropolitana estaba llena.
Gente de traje negro, flores blancas, cámaras, murmullos y condolencias vacías.
Ricardo estaba al frente, recibiendo abrazos como protagonista de una tragedia que él mismo había escrito.
Mariana estaba en primera fila, mirando el altar como quien espera abrir un regalo.
Un ejecutivo de Santillán Seguros subió con un portafolio metálico.
Sacó los documentos y un cheque certificado.
“Señor Ricardo Morales”, dijo, “firme aquí, bajo protesta de decir verdad, que su esposa Valeria y su hijo murieron en un accidente de montaña.”
Ricardo tomó la pluma.
Sonrió apenas hacia Mariana.
“Los dos se congelaron allá arriba”, murmuró. “Qué desgracia.”
Y firmó.
En ese instante, las puertas de la catedral se abrieron de golpe.
Todos voltearon.
Yo entré con mi cicatriz al descubierto, vestida de negro, del brazo de Arturo Santillán.
Y Ricardo soltó un grito que hizo callar hasta al órgano.
