Pero todo se veía real.
Entonces me cayó encima la verdad más aterradora: en once años, nunca hice el trámite legal de tutela. Nunca fui al juzgado. Nunca puse en papel lo que en la vida diaria era evidente.
Para la ley, yo no era nada.
La única madre legal seguía siendo la mujer que lo abandonó por teléfono en Nochebuena.
La miré a los ojos.
—¿A qué viniste, Karla?
Ella sonrió.
—Por mi hijo, mamá. Es lo más natural del mundo.
—Tu hijo no te conoce. Nunca preguntó por ti.
—Eso se arregla —respondió—. Lo que no se arregla es el desastre que puedes hacer con su dinero.
Su dinero.
Lo dijo así.
Como si en esa casa hubiera algo más importante que Mateo.
El licenciado añadió:
—Hasta que cumpla dieciocho, alguien debe administrar sus bienes. Y la madre legal es la señora Karla.
No sé por qué lo hice. Tal vez fue Dios, tal vez fue instinto. Tomé mi celular y le saqué una foto rápida al expediente abierto sobre la mesa. Solo una. Con la mano temblando.
Karla no se dio cuenta.
Luego dijo algo que jamás debió decir:
—Además, ese niño ni entiende lo que pasa. Casi ni habla.
La misma crueldad de siempre. Seguía viéndolo como un mueble. Como un problema. Como algo sin alma.
Esa noche subí al cuarto de Mateo. Estaba en su computadora. No le conté nada. Pero él se quitó un audífono, cosa que casi nunca hacía.
—Abuela —dijo sin voltear—. No tengas miedo.
Tres palabras.
Para Mateo, tres palabras eran un abrazo.
Pero abajo, sobre mi mesa, estaban los papeles que podían quitármelo.
Y lo que estaba por pasar… nadie en México lo hubiera creído.
PARTE 2
