Mi hija dejó a su hijo autista de cinco años en el piso de mi sala, alineando sus cochecitos como si nada, y se fue diciendo que volvería en unos días. Pero en Nochebuena me llamó para decirme solo ocho palabras: “Ahora es tuyo. Yo ya no puedo con él.”

Contraté a la licenciada Laura Torres, una abogada de familia que me recomendó una antigua compañera de escuela. Le llevé la foto del expediente, las copias que Karla tuvo la arrogancia de dejarme y todo lo que tenía: recibos de terapias, recetas, reportes escolares, diagnósticos, estados de cuenta, fotos, hasta libretas donde yo anotaba las crisis de Mateo.

Laura revisó todo en silencio.

Mucho silencio.

Yo esperaba que me dijera: “No se preocupe, señora Elena, esto está ganado.”

Pero no lo dijo.

Se quitó los lentes, respiró hondo y me miró con una tristeza que me rompió el estómago.

—Tiene caso, doña Elena. Pero también tiene un problema muy grande.

—¿Cuál?

—Legalmente, Karla sigue siendo su madre. Si esos documentos se aceptan como válidos, ella puede pedir administrar el dinero de Mateo.

Sentí que el piso se abría.

—Pero lo abandonó.

—Lo sé.

—Nunca lo llamó.

—Lo vamos a demostrar.

—Nunca le mandó un peso.

—Lo vamos a intentar.

Intentar. Esa palabra me persiguió toda la semana.

Mateo no preguntó qué pasaba, pero lo sabía. Los niños como él entienden más de lo que la gente cree. No siempre lo dicen con palabras, pero leen los cambios. El tono de voz. Las puertas cerradas. Las lágrimas escondidas en la cocina.

Dos días antes de la audiencia, lo encontré poniendo su vaso amarillo junto a la laptop.

—¿Quieres agua? —le pregunté.

Negó con la cabeza.

—Lo voy a llevar —dijo.

—¿A dónde?

—Al juzgado.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—No tienes que ir, Mateo. Va a haber ruido, gente, luces. Yo puedo ir con la licenciada Laura.

Él cerró la computadora y se quedó mirando la mesa.

—Voy.

No dijo más.

El día de la audiencia me puse mi vestido azul marino, el mismo que usé cuando me jubilé. Mateo usó una camisa blanca abotonada hasta arriba. Iba rígido, con audífonos y su vaso amarillo dentro de una bolsa de tela.

Durante todo el camino al juzgado de lo familiar, no soltó mi mano.

Cuando llegamos, Laura estaba en la entrada. Al ver a Karla entrar del brazo de su abogado, se puso pálida.

—¿Qué pasa? —le pregunté.