—Ese hombre es Arturo Salcedo —susurró—. Fue notario auxiliar. Tiene contactos. Muchos.
Karla venía arreglada como si fuera a misa de boda. Cabello planchado, uñas rojas, vestido beige. Al verme, bajó la mirada y empezó a llorar antes de entrar a la sala.
Adentro, su actuación fue perfecta.
—Su Señoría, mi madre me quitó a mi hijo —dijo entre sollozos—. Yo era joven, estaba desesperada, pero nunca dejé de buscarlo. Le mandé dinero. Quise verlo. Ella me cerró las puertas.
Yo casi me levanté de la silla.
Laura me apretó el brazo.
—Tranquila.
Karla siguió:
—Ahora que mi hijo tiene recursos, quiero protegerlo. No quiero que se aprovechen de él.
Aprovecharme yo.
Yo, que vendí mis aretes de oro para pagarle terapia de lenguaje.
Yo, que dormí años en una silla junto a su cama.
Yo, que aprendí a cocinar la sopa exactamente igual porque si cambiaba el fideo, él no comía.
El juez revisaba los papeles sin mostrar emoción.
Laura presentó mis pruebas, pero el abogado de Karla sonrió como quien ya sabe el final.
—Recibos simples —dijo—. Fotografías familiares. Nada demuestra que mi clienta abandonara al menor. En cambio, nosotros traemos documentación notarial.
Laura se inclinó hacia mí.
—Si no probamos que esos papeles son falsos, podemos perder.
Sentí que me faltaba el aire.
El juez acomodó los documentos frente a él. Estaba a punto de hablar.
Entonces Mateo se levantó.
La sala entera volteó.
Mi nieto, que no soportaba los murmullos, que evitaba mirar a desconocidos, que prefería escribir antes que hablar, caminó hacia el frente con su laptop abrazada al pecho.
Puso su vaso amarillo sobre la mesa.
—Señor juez —dijo con voz plana—, necesito conectar mi computadora a la pantalla.
El abogado de Karla soltó una risa.
—Esto es absurdo. El menor ni siquiera entiende el procedimiento.
Mateo giró lentamente la cabeza hacia Karla.
Por primera vez en once años, la miró directo.
—Todo lo que trajo esta mujer es falso —dijo—. Y puedo demostrarlo en cinco minutos.
La pantalla se encendió.
Y cuando apareció el primer archivo, Karla dejó de llorar.
PARTE 3
