Mi hijastro rompió el avión que mi hijo había construido durante 3 semanas, me miró sin arrepentimiento y dijo: “Tú ni siquiera eres mi mamá de verdad.” Esa misma noche dejé de pagar sus lujos, sus celulares y cada privilegio de esa casa… y antes de que amaneciera, descubrí quién le había enseñado a tratarme como basura.

—¡Mariana, abre ahorita mismo!
—Sus cajas están en la entrada.
—No puedes sacar a mis hijos de su casa.
—No los estoy sacando por ser tus hijos —respondió ella—. Los estoy sacando porque dejaron claro que no reconocen esta casa como un hogar compartido ni a mí como autoridad.
—Son niños.
—No, Sergio. Son adolescentes que destruyen cosas, humillan a mis hijos y me tratan como cajero automático.
Él bajó la voz.
—No hagas esto más grande.
Mariana soltó una risa triste.
—Eso debiste decirlo cuando tu hijo rompió el avión de Mateo.
Colgó.
Una hora después, la camioneta de Verónica se estacionó frente a la casa. Bajó con lentes oscuros, bolsa fina y cara de fastidio, como si la hubieran llamado para resolver un trámite incómodo.
—Esto es ridículo, Mariana —dijo apenas llegó a la puerta—. Emiliano estaba molesto. No era para tanto.
Mariana salió con las cajas acomodadas detrás de ella.
—Qué curioso. Siempre está molesto cuando se trata de respetarme.
Verónica cruzó los brazos.
—No puedes obligarlos a quererte.
—Nunca lo hice.
—Entonces no te hagas la víctima.
Sergio, parado junto al coche, miraba al piso.
Renata lloraba en silencio. Emiliano intentaba mantenerse duro, pero tenía los ojos llenos de rabia y miedo.
—Tú siempre quisiste comprar su cariño —soltó Verónica—. Ahora no llores porque no funcionó.
Mariana iba a responder, pero Sergio levantó la cabeza.