PARTE 2: A la mañana siguiente, Mariana no fue a la oficina.
Pidió el día, llevó a Camila y Mateo a la escuela y regresó a la casa justo cuando el cerrajero terminaba de cambiar las cerraduras de la puerta principal, la cocina y el portón del patio.
El hombre le entregó 4 llaves.
Una para ella.
Una para Sergio.
Una para Camila.
Una para Mateo.
No hubo copia para Emiliano ni para Renata.
Mariana no sintió culpa. Sintió una tristeza limpia, de esas que aparecen cuando una persona entiende que permitió demasiado.
Después subió a los cuartos de los adolescentes. No rompió nada. No tiró ropa. No hizo escándalo. Solo guardó sus cosas en cajas de plástico: tenis, chamarras, cargadores, maquillaje, videojuegos, libros, trofeos, audífonos, perfumes.
En cada caja pegó una etiqueta.
Emiliano.
Renata.
A las 4:47 de la tarde, Sergio le llamó furioso.
—¿Por qué la llave no abre?
Mariana estaba en la cocina, sirviéndose café.
—Porque cambié las cerraduras.
Del otro lado se escuchó a Renata llorando y a Emiliano golpeando la puerta.
