PARTE 2: Tras bambalinas, el mundo era otro.
El frío de la lluvia quedó atrás y fue reemplazado por el olor a madera pulida, café recién hecho y flores frescas. Dos asistentes corrieron hacia mí con toallas calientes.
Una de ellas me secó el cabello con una delicadeza que casi me rompió por dentro, porque hacía años nadie en mi casa me tocaba con cuidado.
“¡Ya llegó la doctora Mendoza!”, anunció alguien por un radio.
El doctor Salazar caminaba a mi lado como si yo fuera una persona importante. Como si yo no fuera la hija ignorada, la muchacha del sótano, la que lavaba platos mientras Camila posaba frente a su aro de luz.
Del camerino salió el doctor Rafael Torres, mi asesor de tesis y jefe del área de oncología pediátrica. Era un hombre serio, de pocas sonrisas, pero al verme abrió los brazos con emoción.
“Valeria, por Dios, pensamos que algo te había pasado.”
Me quedé quieta mientras él levantaba la capucha doctoral de terciopelo.
Era pesada, verde y dorada, con los colores que marcaban mi doble grado en medicina e investigación. Cuando la puso sobre mis hombros, sentí que no me estaba vistiendo para una ceremonia.
Sentí que me estaban devolviendo mi nombre.
“Tu investigación sobre muerte celular programada en leucemia infantil va a salvar vidas”, me dijo el doctor Torres, con los ojos brillantes.
“Tu mamá estaría orgullosísima.”
