“Mi padre murió… pero vine a pagar la deuda que dejó”, le dijo la heredera al padre soltero cuya vida su familia destruyó.

Lucía apretó los labios.

—“No detener la obra. Ajustar documentos después. Yo manejo al comité.”

El ruido de la colonia pareció apagarse.

Mateo soltó una risa seca, sin humor.

—6 años —murmuró—. 6 años diciendo que no estaba loco.

—No lo estabas.

—Mi esposa murió creyendo que yo había perdido todo por hacer algo mal.

Lucía cerró los ojos un segundo.

—Lo sé.

—No —dijo Mateo, acercándose un paso—. Tú no sabes nada.

La puerta crujió detrás de él. Valeria seguía escuchando.

Lucía sacó un sobre manila de su bolsa.

—Traje copias.

Mateo no lo tomó.

—Llévatelas.

—Mateo…

—No tienes derecho a venir aquí, abrir una herida y decirme que ahora quieres hacer lo correcto.

—No vine a pedir perdón en nombre de mi padre. Eso sería demasiado cómodo.

—Entonces, ¿qué quieres?

Lucía levantó la cara.

—Quiero que tu nombre quede limpio. Quiero hacer público todo. Quiero que el expediente se reabra y que se sepa que Grupo Cárdenas destruyó a un hombre inocente.

Mateo la miró como si le hubiera hablado en otro idioma.

—¿Y qué gana tu empresa?

—Nada.

—Mentira.

—Pierde. Pierde dinero, contratos, prestigio. El consejo va a intentar detenerme.

—Entonces vendrán por mí otra vez.

Lucía no respondió de inmediato.

Ese silencio fue más honesto que cualquier promesa.

Mateo retrocedió.

—Tengo una hija. No voy a ponerla en medio de una guerra de ricos.

—Lo entiendo.

—No. Lo calculas. No es lo mismo.