—Hay algo que no te había mostrado —dijo—. Mi padre grababa llamadas.
Mateo sintió un golpe en el pecho.
Lucía conectó una bocina pequeña.
La voz de Rogelio Cárdenas, el hombre que había salido en revistas, inauguraciones y comidas con gobernadores, llenó el porche.
—El reporte del supervisor no existe oficialmente —decía—. Si pasa algo, se maneja como falla de equipo. Belaunzarán sabe cómo acomodar las fechas.
Después se oyó la voz del jefe de obra.
—¿Y si Salgado insiste?
Rogelio respondió sin titubear:
—A Salgado lo enterramos con el expediente.
La grabación terminó.
Mateo no gritó. No lloró.
Solo miró la bocina como si acabara de escuchar la sentencia que le habían negado durante 6 años.
Desde la puerta, Valeria susurró:
—Papá… ¿ese señor habló de ti?
Mateo cerró los ojos.
Y por primera vez no pudo protegerla de la verdad.
