—¿Falsificaron?
—Con “ustedes”.
Lucía lo miró sin apartarse.
Ernesto puso una carpeta sobre la mesa.
—Si haces público eso, destruyes la empresa que heredaste. El consejo te va a remover. Los accionistas te demandarán. El gobierno revisará contratos de 10 años. Y tú puedes acabar acusada por retener información.
—Entonces debieron decir la verdad cuando ocurrió.
—Tu padre entendía cómo funciona el mundo.
—Mi padre destruyó a un hombre para salvar una fecha de entrega.
Ernesto sonrió apenas.
—Tu padre construyó lo que te da de comer.
Lucía se levantó.
—Entonces tal vez llevo 34 años comiendo sobre una mentira.
Esa noche, Mateo pensó que todo terminaría ahí.
Le dijo a Lucía que no podía seguir.
—Tú puedes perder una empresa y empezar otra —dijo desde el porche—. Yo solo tengo esta casa y a mi hija. Si esto falla, Valeria va a ver cómo destruyen a su papá 2 veces.
Lucía no intentó convencerlo.
—No voy a empujarte a una guerra que no elegiste.
—Ya la elegí una vez —respondió Mateo—. Elegí hacer mi trabajo. Mira cómo acabó.
Lucía se fue.
Mateo cerró la puerta y encontró a Valeria parada en el pasillo con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Por qué nunca me cuentas lo del viaducto?
Mateo se quedó helado.
—¿Quién te habló de eso?
—Nadie. Todos hablan bajito cuando creen que no escucho. Don Rutilio dijo que te hicieron algo. Y tú siempre cambias de cara cuando dicen San Gabriel.
Mateo se agachó frente a ella.
—Quería protegerte.
Valeria negó con la cabeza.
—Yo también te protejo, papá. Por eso no preguntaba.
Esa frase lo rompió más que cualquier carta de cobranza.
Su hija de 8 años había aprendido a guardar silencio para no lastimarlo.
Esa misma noche, Mateo tomó el celular y escribió a Lucía:
“No te vayas todavía. Por favor.”
Lucía regresó a las 9:20. La calle estaba casi vacía. Mateo la esperaba sentado en los escalones, con los ojos rojos pero la voz firme.
—Dime qué más hay en esa carpeta.
Lucía abrió su bolsa.
Sacó un USB, 2 dictámenes y una impresión de correos internos.
